cuaderno de un zahorí.
Pepe, Juan y Paco, así se
llamaban con los que me tocó lidiar en mi primera experiencia zahorí. Eran de
Conil y Chiclana, pero no de los pueblos, más bien de sus parcelas; no de los
chiringuitos de playa, más bien de los que crían gallinas. Juan llevaba
cuarenta años al mando de aquel aquelarre de hierro llamada perforadora.
Perforadora de tímpanos, la llamaba yo. No entiendo cómo aquellos tres
personajes conservaban aún el oído. ¡Qué ruido tan espantoso venía cuando
aquella máquina inmensa rompía las entrañas de la tierra! Pepe, Juan y Paco no
hablaban, ni entre ellos ni conmigo. Yo, que quise simpatizar sin éxito desde
el momento en que los vi entrar a la parcela, tuve que adoptar una postura
semejante los días que nos quedaba pasar juntos. Pero espera, la historia no
empieza aquí. Me he dejado llevar. La historia empieza once meses atrás, cuando
aún yo no era «El Zahorí de los Jardines de Meca».
Inma y yo nos decidimos a comprar
aquella parcela en nuestros queridos Caños de Meca a pesar de la negativa que
nos llegaba a quien preguntábamos sobre la existencia de agua. A los vecinos
dejamos de preguntarles cuando veíamos ingenierías en sus tejados que
pretendían el agua de las pocas lluvias que venía cayendo los últimos años. El
cartel que anunciaba la venta de nuestra parcela lo hacía bajo el subtítulo
“junto al pozo”; lo que no decía era “junto al pozo seco”, porque la realidad
era esa: en nuestra zona las 37 parcelas tenían pozos secos. Además de las
citadas ingenierías tejariles que pretendían recoger el agua de lluvia, el
personal se abastecía de cisternas de agua, un negocio tripulado por
mercenarios que transportan ilegalmente agua entre la zona de El Colorado y la
zona de costa donde nos situamos. Un negocio que cada vez está más vigilado por
las administraciones y que, me temo, pronto dejará de ser una opción. Pero aun así,
como decía, Inma y yo nos decidimos a comprar.
El primer paso fue el que
dictaban los más experimentados de la zona: depósito grande para almacenar
agua, y a partir del llenado, controlar cada gota de líquido, reciclado de
aguas grises, y mirar al cielo a esperar que venga un año bueno y recargue la
capa superficial de suelo para que los pozos empiecen a almacenar agua. Pero
ese era un segundo paso. Nosotros no teníamos pozo, ya se haría en caso de años
húmedos. Para qué adelantarnos. De momento: depósito y control exhaustivo del
gasto. La ecuación daba como resultado la tensión continua entre habitantes y
visitantes, los primeros basados en la conciencia, los segundos en la
inconsciencia de lo que significa consumir un recurso limitado. Y así pasaron
los primeros once meses, a medio grifo.
En octubre del 22, el bueno de
nuestro constructor se cruza en la ferretería del pueblo con un tipo que cuelga
un cartel en la puerta. Se anuncia como zahorí por la zona. Encuentra aguas
subterráneas, con un 98 por ciento de éxito, le especifica a mi constructor
tras mostrar éste su interés. De inmediato, José Luis me llama y me anima a
contratarle. ¿80 euros porque me confirme lo que me vienen diciendo los
lugareños? No sé, le digo. Lo pensaremos.
Aquel fin de semana del puente se
aventuraba largo. En una parcela en el campo hay que buscar planes para no
perderte tu tiempo en tratar de poner un orden absurdo urbanita en el caos que
implica vivir en el campo. El plan del zahorí nos ocuparía parte de este
tiempo. Llamamos y aceptó venir a primera hora de la mañana. Mis sensaciones
con el zahorí fueron in crescendo a medida que pasaba la mañana. Lo que menos
me atraía de él era la instrumentación que acarreaba: varillas de metal metidas
entre paños de cuero, y un péndulo al que le hablaba. Sí, le hablaba. Más bien,
le preguntaba cosas. Nunca he creído en el esoterismo, pero como decía, mi
relación con él fue in crescendo cuando veía que su instrumental se movía y él
con mucho interés me pedía acceder a un sitio y otro del vecindario.
La noticia me cayó como un jarro
de agua fría. No la esperaba. Aquí hay agua, anunció el zahorí. En esta vena,
que marcó en el suelo en diferentes zonas de la parcela en sentido norte sur.
No lo podía creer. Más bien, quería creerle, con todas mis fuerzas, pero era
demasiado bonito para ser verdad. Entonces, le interrogué hasta la saciedad
sobre su método zahorí. El tipo me dedicó el tiempo necesario para engatusarme
con aquella película. Era fascinante que encontrase agua con esas varillas, y
era aún más fascinante que la detectase entre 37 y 45 metros de profundidad.
Sin duda. Sin atender a ninguna lógica, ni ciencia. Aquel venero lo marcamos
concienzudamente. Cuando el tipo se vaya no tendré manera de volver a
localizarlo, pensé, así que dibujamos sus límites hasta no haber duda.
Estábamos decididos: íbamos a perforar.
El resto del día fue el día más
brillante y clarividente de los once meses. Ya en la playa recopilé mis
conocimientos en aguas subterráneas de cuando trabajé como inspector de suelos
contaminados, volví a abrir las fuentes de las que me nutría en su día para
detectar acuíferos, su transmisividad, cómo se expresaba el agua subterránea
con la superficie mediante la flora, y concluí en pocas horas que efectivamente
allí había agua. La diferencia entre concluir e intuir la entiendo ahora. En
este momento de la historia fue más una conclusión. Hoy lo entiendo más como
una intuición. El resultado es el mismo: hay que demostrar que tus
argumentos/sensaciones son correctos, y en este caso, eso conllevaba perforar
el terreno. Imagínense el cambio emocional: pasaríamos de controlar el agua que
se usa en fregar, a poder plantar aguacates; de tener un terreno baldío a tener
un vergel; a poder animar a tus invitados a darse una ducha antes de coger el
coche de vuelta a Sevilla; pasaríamos de cero a cien.
Emocionados con la idea, subimos
a casa, íbamos pensando en la buena vida que nos esperaba gracias a ese venero
descubierto por el bueno del zahorí, cuando en plena exaltación digo: ¡espera!
Voy a probar yo con unos alambres esto del arte zahorí. Corté de inmediato
alambre viejo que teníamos, lo curvé en forma de eLe y me lancé a buscar el
límite en superficie del venero. Creo que ni yo lo esperaba, ni por asomo me
había planteado que aquellas varillas se fuesen a mover, pero como si un
demonio las empujase, las varillas se movieron hacia mi pecho al pasar
exactamente por el límite marcando horas antes. Inmaaaaaaa!!! Mira!!! Que esto
se mueve, coño!!! Le mostraba emocionado una y otra vez cómo los alambres se
venían a mi pecho al pasar por el venero y se separaban al dejarlo atrás.
Joder, lo hice cientos de veces comprobando que siempre acertaba. ¡Era magia!
Efectivamente el límite del venero quedaba marcado por el movimiento
involuntario de mis manos. Cerraba los ojos para no dejarme influir por las
marcas, y al abrirlos, ¡ta-chan! ¡Coincidía! Me cago en la hostia. Pasé horas
detectando una y otra vez el venero hasta que de repente pensé que tenía que
hacer lo que en ciencia se llama un blanco de control. El método me exigía
moverme por otros lados de la parcela donde no se moviesen las varillas y así
comprobar que el movimiento de las varillas se debía exclusivamente a la
detección del agua subterránea. Estaba anocheciendo pero me propuse agotar el
día con esto. Lamentablemente, no me salía bien el experimento. Las varillas se
volvían a mover cerrándose y abriéndose en otras zonas de la parcela. Mierda,
algo va mal. No debería de moverse esto aquí, sino allí. Pero un movimiento
involuntario me volvía a cruzar las varillas lejos del venero. Eran cerca de la
01:00 am. Inma y Lea ya dormían y yo decidí acostarme tras mi fracaso como
aprendiz de zahorí.
A las 08:00 am abrí los ojos. En
silencio salí de la caravana, estaba amaneciendo. No quería hacer café para no
despertar al personal. Allí estaban los alambres. Al carajo, voy a intentarlo
otra vez. Cerré los ojos y volví a fracasar. Se cruzaban continuamente por toda
la parcela. Fin de mi futuro como zahorí. O no. Voy a leer cómo funciona esto,
pensé. Internet es una fuente infinita de cualquier tema, pero no rápidamente
agoté los contenidos relacionados con los zahoríes. Entre todo lo que vi y leí
hubo dos piezas que me gustaron: una un artículo científico de XXX, y otro un
vídeo de un señor en Sudamérica que mostraba orgulloso a las cámaras cómo sus
varillas no solo se le cruzaban en el pecho sino que al sujetar solo una
alejada del pecho, la varilla daba vueltas sobre sí misma a una velocidad de
vértigo, indicando, según él, el caudal de la fuente subterránea. Flipa. Ese
vídeo y la hora muerta que tengo por la noche cuando todos se acuestan y yo no,
me llevó a buscar en Amazon varillas que permitieran girar sobre sí mismas. El
producto que aconsejaba Amazon venía además con un péndulo de regalo. Como
nadie me veía, lo compré.
Dos semanas más tarde, volvía a
los Caños esta vez yo solo, sin Inma ni Lea. Eso sí, en el equipaje llevaba mi
juego de varillas y péndulo. Nada que ver con los alambres viejos, esas
varillas daban otro caché al asunto. Me acerqué al venero, cogí una sola
varilla, alejé el brazo, y, joder, aquello daba vueltas sobre sí mismo,
exactamente como aquel tipo del vídeo. Increíble. No daba una vuelta, daba
varias. Después paraba y tenía que volver a bajar el brazo y subirlo para ver
de nuevo el giro sobre sí mismo. Era un movimiento inconsciente de mi brazo el
que hacía rotar las varillas. Si pensaba en otra cosa, seguía ocurriendo. Me
daba miedo fracasar de nuevo al moverme por otras zonas alejadas donde no había
veneros y que las varillas se moviesen, pero había que comprobarlo. Cuando me
acerqué al garaje (a unos 30 metros del venero) y levanté el brazo, sentí cómo
me atravesaba una corriente de agua desde los pies hasta la punta de las manos,
cerré los ojos y la varilla giró a una velocidad de vértigo. Intuí, si intuí,
que debajo de mí corría agua. Es una sensación que desde entonces me persigue.
Me es difícil expresarla a los que son escépticos, como yo lo era, pero la
realidad es que lo intuí: Debajo de mi garaje había un venero, uno aún mayor
que el detectado por el zahorí. Además, por ende, el resto de cruces de
varillas significaba la existencia de otros muchos géneros que el zahorí había
pasado por alto. Detecté otros seis veneros entre el primer venero detectado y
el garaje. Todos ellos estrechos, de unos 1,5 / 2 metros máximos, excepto el
del garaje que era de unos 7 metros: desde 50 cm antes del garaje hasta cerca
del muro que nos separa del vecino. Otro de los descubrimientos ese día fue que
la varilla no solo giraba más rápido o menos según qué venero, sino que daba un
número concreto de vueltas en cada uno de ellos, siendo de 12 vueltas sobre el
venero detectado por el zahorí, de 19 vueltas sobre el detectado por mí en el
garaje, y de entre 5 y 8 vueltas en el resto. Hice esta medición del número de
vueltas cerca de cien veces en todas. El número de vueltas nunca falló. También
me alejé de la parcela hasta 2 km, localicé el venero y el número de vueltas
permaneció imperturbable. Sin cambios. Como si de una máquina se tratase: 19
vueltas. Mi intuición me dijo que ese número de vueltas tenía que ver con el
caudal. Así pues, la perforación se haría en el venero del garaje.
Aquí hago un alto en la historia
para que penséis lo que significa la intuición. Digamos que la intuición es ese
sexto sentido que todos los animales tenemos que te permite predecir o adivinar
lo que no puedes sentir con los otros cinco sentidos. El humano sigue usando la
intuición todos los días, todos lo hacemos, aunque no para buscar agua, pero es
una realidad su existencia. Pues bien, pensad, queridos, que hubo un día en la
historia de la humanidad en que la intuición se usaba para sobrevivir, y eso,
aunque adormecido, ahí sigue. A mí, la intuición me dijo que el número de
vueltas de la varilla era el caudal. Y punto.
Como dije antes, durante mi
búsqueda en internet hubo un documento técnico de XXX que me ayudó a que mi
mente científica entendiese el porqué de todo lo que estaba ocurriendo. (Aquí el enlace.)
Al fin y al cabo, todo tiene una
explicación. No hay dones divinos. Lo que hay es una carencia científica que
explique los acontecimientos. Pero este documento creo que se acerca mucho a
esta explicación y me sirvió además a calcular la profundidad de las corrientes
subterráneas a partir de una regla sencilla de triángulos isósceles, que podéis
leer si tenéis curiosidad. Según este cálculo, la profundidad de la masa de
agua en el venero del garaje (llamado 19 por el número de vueltas de la
varilla) eran 50 metros.
Pepe, Juan y Paco no estaban de
humor. Aquel lunes 24 de octubre sabían que perforar los 60 metros que yo pedía
les iba a ocupar no solo un día, sino dos o tres. Total, para nada. Javier, el
dueño de la empresa de sondeos, me lo advirtió antes de empezar: aquí no hay
agua. Fue categórico. El que tenía delante era un chaval de
Sevilla que se acababa de comprar una parcela en la zona que lleva él perforando
toda la vida. No pude sino agachar las orejas y tragar saliva. Por otro lado, tenía
que lidiar con Juan, el que manejaba la máquina. Un tipo de pocas palabras.
Juan miraba la broca con un gesto de dolor cuando atravesaba el suelo, como si
cada centímetro le costase la misma vida atravesarlo. Por último, mi padre, que
vino convencido de que mis dotes de zahorí eran verdaderos, pero que se dejó
llevar por el pesimismo del personal y decidió pirarse de allí a las dos horas
de empezar el estruendo.
Bien, para los que no entendáis
ni papa de geología, aquí una clase exprés: el agua en el subsuelo circula por
los terrenos porosos. No son ríos subterráneos (excepto en casos muy concretos)
sino más bien suelo empapado de agua que circula extremadamente lento por
diferencias de presión entre unas zonas y otras (por ejemplo, entre zonas altas
y bajas). A esos terrenos porosos les llamaremos “arenas”. Por otro lado, está
el malo de la película en la búsqueda de agua subterránea: las temidas “greas”
o “margas”. Son materiales arcillosos que impiden la circulación del agua a su través.
Son una plastilina impenetrable por el agua. Si te encuentras con las greas,
mala señal. Si hay arenas, buena señal. Pues bien, nuestra parcela tiene el
siguiente corte geológico, muy simple: hasta 10 metros de profundidad:
arenas; del 10 al infinito: greas. Conclusión: el agua hay que buscarla
en los 10 primeros metros, ¿verdad? Pues sí, efectivamente, y así se ha hecho
durante los 50 años que lleva la urbanización habitada. El problema es que ante
la escasez de lluvias, el agua que se almacena en las arenas deja de estar, se
pierde. Así, todos los pozos de la zona están secos, esperando como agua de mayo
que las lluvias calen las arenas y el agua vuelva a aparecer. Pero mi apuesta
era otra: quiero que perforéis hasta los 60 metros, porque a los 50 metros
detecto agua. Y claro, en las greas no hay agua, por lo tanto, sevillano: ¡cómo
coño quieres encontrar agua a los 50! ¿Entendéis ahora el cabreo de Pepe, de Juan
y de Paco? Así estaba el plantel cuando empezó el sondeo.
De los diez primeros metros no me
acuerdo bien. Estaba más preocupado por la visita de mi padre, el ruido que
hacía la máquina, y fascinado por cómo iba entrando la broca en el suelo. Me
imaginaba cómo se sentiría la broca: atravesando mundos subterráneos oscuros,
sin saber qué se encontraría en el siguiente centímetro de perforación. Y no se
nos olvide: buscamos agua, el líquido más preciado de la tierra, del que
dependen nuestras vidas y lo hacemos bajo tierra, tratando de sacar a la luz un
agua que lleva años navegando lentamente a oscuras y en silencio por el
subsuelo.
La cosa se puso más dura cuando
aparecieron las malditas greas. El pesimismo invadió la escena. Juan, el piloto
del chisme, me ponía sus 40 años de experiencia encima de la mesa apostando a
que no siguiese excavando una vez encontrase las greas. Yo, manteniendo mi
ánimo lo más alto posible y con el beneplácito de Inma, ordené seguir hasta los
50. Imagínense la cara de Juan.
Ese día, llegaron a los 40
metros. Sin novedad: greas, greas y más greas. Adiós, creo que dijo uno, y allí
me quedé, dudando de mi propia existencia, planteándome si esto del arte zahorí
había ido demasiado lejos, incluso si tenía sentido seguir apostando por
construir en una parcela donde no hay agua, en fin, destruido.
Al día siguiente, Inma y Lea se
marcharon. Y me quedo solo. Me sentí solo de verdad. Hacía tiempo que no me
sentía tan solo. Ahora creo que más bien era un sentimiento de fracaso, de
error de cálculo, de optimismo errático. Estaba hecho polvo cuando empezamos
con el metro 41. La broca cada vez entraba más lenta. Greas duras como una
piedra. Mal rollo. Me cuelo una silla y me siento frente a los poceros, con
miedo a que abandonen, a que se cansen de seguir a un capitán sin mando, sin
criterio. Cada metro de alargo se hace interminable. Estoy roto. Apenas he
dormido. Vaya lío en el que me estoy metiendo. De repente, la máquina
perforadora empieza a convulsionar, chocando todos los hierros, parece que se
va a desmontar. Miro a Juan con preocupación y le pregunto: ¿qué pasa? Me hace
un gesto que no logro entender, y tampoco podemos hablar por el estruendo que
hay. De repente, detiene la perforación. Algo malo ocurre, pienso. Juan se acerca
a la tierra que sale de la perforación del subsuelo hacia la superficie, me
mira y me dice: aquí hay un cambio. Esto son margas con arenas mezcladas. ¿A
qué profundidad estamos, Juan?
—¡A 50 metros!